| Rafael Marchante |
| Redacción | |
| 30/mayo/2006 | |
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Cursó estudios de Fotografía en la escuela de Imagen y Sonido de La Granja de Jerez de la Frontera. En este periodo obtuvo el premio Los Reporteros, otorgado por Canal Sur TV, con el reportaje El sexo en la tercera edad. Entre 1994 y 1997 trabajó para el periódico CÁDIZ INFORMACIÓN. Desde 1997 colabora habitualmente con el diario EL PAÍS en la delegación de Málaga, así como con la AGENCIA EFE (1999-2003) en la misma ciudad. En Diciembre de 2000 recibe el Premio Andalucía de Periodismo por su reportaje sobre los refugiados albanokosovares acogidos en la comunidad andaluza. Colaborador ocasional en múltiples revistas y periódicos nacionales y extranjeros. Ha participado en exposiciones individuales y colectivas de fotografía de prensa. La última de ellas, aún en cartelera, denuncia la situación de las mujeres palestinas. Desde Noviembre de 2002 colabora para la Agencia Reuters. Nací en Cádiz y vivo en una Andalucía en la que coexisten dos situaciones sociales contradictorias: Por un lado, el pueblo andaluz que, por lo general, suele ser acogedor con cualquiera que viene de fuera, y por otro lado, el territorio andaluz, convertido en frontera de Europa. Somos de golpe y porrazo una región fronteriza, y somos además la frontera con la diferencia de renta per cápita entre uno y otro lado más grande del mundo. Desgraciadamente, con la política actual de inmigración europea los fotógrafos andaluces nos hemos convertido en testigos de una tragedia humana con bastante repercusión mediática. Actualmente vivo en Málaga y mi ámbito de trabajo es Andalucía oriental. Llevo dos años fotografiando a los inmigrantes que llegan en pateras a la Costa del Sol y a la costa granadina. Hace unos meses estuve en Melilla fotografiando los acontecimientos que siguieron a la elevación de la valla. Cuando trabajo con los inmigrantes que llegan a los puertos interceptados por la Guardia Civil, me centro sobre todo en los rostros de los inmigrantes; esas miradas tienen una mezcla de fatiga y fracaso que me impresionan cada vez que las veo. Casi siempre llegan de madrugada, lo que supone que las condiciones de luz no son muy buenas, aunque a mí personalmente no me desagrada trabajar con poca luz. Melilla fue diferente En Melilla estuve cerca de un mes. Allí mi trabajo se centró en mostrar las circunstancias en que vivían los subsaharianos, tanto en Melilla como en los pinares que rodeaban la frontera en la zona marroquí. Allí, los más resistentes de los que habían emprendido meses atrás la travesía a pie del desierto del Sahara, ocultaban entre los matorrales los pocos enseres que tenían y las mantas y víveres que les llevaban un puñado de ciudadanos y ciudadanas melillenses. Eran jóvenes con ilusiones, gente preparada y sana, que resistía a su situación desesperada con una dignidad sobrecogedora. Cuando se contempla una realidad como ésta no se puede apelar a ninguna objetividad, porque la objetividad en este caso sería cómplice de determinadas versiones oficiales del fenómeno de la migración humana que no comparto. La mirada del fotógrafo no es objetiva, porque mi cámara encuadra la parte de la realidad que yo elijo captar, aunque mi decisión tenga que ser tan rápida que a veces parezca instantánea. Quizá precisamente porque es instantánea está más vinculada al instinto, a la respuesta que provoca en uno la realidad que contempla. Cuando fotografío a un inmigrante no pretendo otra cosa que poner de su parte a cualquiera que vea la foto. Porque en parte los dramas eternos nacen de la incapacidad de la sociedad para ponerse en el lugar de sus protagonistas. Las caras, los gestos, las carreras de aquel puñado de jóvenes, bastaban para desmontar esos titulares alarmistas de que España estaba sufriendo una invasión. |
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