| Sonny Rollins en el Festival de Jazz de Vitoria |
| Fernando Cerecedo Pastor | ||
| 23/julio/2006 | ||
![]() Sonny Rollins ha escrito con las notas de su saxofón grandes páginas de la historia del Jazz. Iván San Miguel y Fernando Cerecedo nos cuentan su paso por el Festival de Jazz de Vitoria, un concierto en el que una leyenda viva como este músico sabe brillar con luz propia. Concierto de Sonny Rollins en el Festival de Jazz de Vitoria 2006 Sábado 15 de julio. 21 h. Polideportivo Mendizorrotza. Un artículo de Iván San Miguel y Fernando Cerecedo. Muchos miramos con asombro la programación de uno de nuestros festivales veraniegos preferidos, de esos que al menos hay que consultar y casi siempre elegir uno, o dos conciertos para ver. En ocasiones a uno le apetece ver lo último: propuestas electrificantes, fusiones intercontinentales, standards de esta o aquella manera, etc. En otras ocasiones son experimentos en los que se trata de ver cómo responde el público tan heterogéneo de Vitoria, formado por músicos profesionales, aficionados a todo tipo de músicas, diletantes y el/la que siempre baila con ese ritmo que uno pensaba que jamás podría hacer moverse a nadie. Para ello se programan a figuras del flamenco, soul, country, música popular brasileña, son cubano, etc. En ese contexto casi parecía un experimento más el poner frente a tal público a uno de los grandes maestros del jazz: Sonny Rollins. Con su sola aparición en el escenario seguro que muchos, como el que escribe, nos emocionamos al ver tanta historia junta, tantas historias personalizadas, tantas páginas del jazz escritas… más bien diría casi todas. No en vano, Sonny Rollins lleva sesenta años de actividad musical y muchas épocas de las que hablamos no serían las mismas sin él. Aun con obvias secuelas de la edad, la sorpresa para muchos fue el buen estado sobre todo de energía en el que se vio al anciano de setenta y seis años. Vitoria siempre programa dobles conciertos en Mendizorrotza, pero en esta ocasión solo estaba Rollins, y en efecto realizó un programa doble de dos pases que superó las tres horas. Con un repertorio formado en su mayoría por standards, por momentos daba la sensación que sus músicos estaban consintiendo al maestro ciertas licencias que a ningún otro se le habrían consentido, como improvisar sobre el solo de otro y no respetar la duración de los solos de los demás llevándoles a repetir coros y coros. En cuanto al montaje de los temas daba la sensación de que Rollins estaba improvisando constantemente las estructuras, como si se encontrara frente a un público de un club de jazz, en vez del más atento pabellón polideportivo. Eso sin hablar del asunto de entradas y finales en los que se veía a los músicos extremar las atenciones para no ser sorprendidos. Sin embargo todos mirábamos con cierta simpatía todas aquellas incidencias. ¿Qué habrá hecho este hombre en su vida para que se puedan consentir todas estas cosas y acabar ovacionado?Aunque ciertamente desaprovechado con una sonorización un poco flaca, el público pudo disfrutar de su potente sonido de saxo tenor. Sobre todo en la primera parte, Rollins exhibió un fraseo más moderno, mucho más desarrollado, con más influencia free y más alejado de la tonalidad. Quizás se oían ecos de Wayne Shorter, de Joe Henderson, o incluso de Lovano. Sin embargo, al finalizar su segundo pase con el último tema, un calipso que ya había tocado en la primera parte del concierto, y con el bis, su conocido blues en si bemol “Tenor Madness”, se acercó a ese fraseo que le hizo ser, allá a mediados de los años cincuenta (cuando se sabía el mejor y confiaba en sí mismo), el saxofonista más fresco de la historia, con un fraseo juguetón, bailarín, sinuoso y desentendido. La banda era de lujo. El guitarrista Bobby Broom, con un fraseo muy equilibrado entre lo moderno y lo tradicional estuvo genial en las improvisaciones; el trombonista Clifton Anderson algo desaprovechado, pareció haber venido solo a hacer las voces de las melodías de Sonny, pero debido al desorden de estructuras, muchas veces ni él mismo sabía si eso era o no melodía; el incombustible batería Victor Lewis estuvo enérgico y contundente; el percusionista Kimati Dinizulu tuvo una gran aceptación entre el público, pero dudosa utilidad en el montaje, más allá del calipso; el bajista Bob Cranshaw, quien ya grabara al contrabajo con Rollins uno de los discos más famosos del tenor, The Bridge, se mostró sufrido y con iniciativa ante las dudas e incertidumbres, aunque pobre en sus improvisaciones.A pesar de todo, muchos estábamos obnubilados con lo que estábamos viendo, casi sesenta años después de sus primeras grabaciones. A medida que llegaba el final uno retenía cada nota como si fuera la última que le fuera a escuchar y creo no equivocarme si afirmo que él tocaba sus frases como si supiera que eran las últimas que ese público fuera a escucharle. La coda del calipso fue esplendorosa y pareció tocarla como si se despidiera de nosotros para siempre, saludándonos con sus frases a la izquierda, a la derecha y al frente. Es como se despide un coloso de la música, de manera humilde, alegre, jubilosa, sin palabras, haciendo ver al público que si su carrera acaba ahí quiere que se le recuerde por ser simplemente un músico, y nada más. ![]() ![]()
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