| 42º Festival de Jazz de San Sebastián |
| Fernando Cerecedo Pastor | |
| 21/agosto/2007 | |
![]() Finalizó la 42º edición del festival donostiarra y, si comenzamos por el final, el éxito de público (estimado en casi 135.000 espectadores, unos 22.000 más que en la edición anterior) es una vez más su principal aval. Para los que no conozcan el festival, comentar que estos números se sustentan principalmente en las actuaciones gratuitas que tienen lugar en la playa de la Zurriola y terrazas aledañas al Kursaal, que suponen casi el 80% de público. Comento esto, porque los números pueden confundir a un “no iniciado”, y se sorprenda de que una música minoritaria como el Jazz consiga esas cifras. Además hay que apuntar también que, dentro del festival, el Jazz es uno de los géneros musicales que conviven dentro de la semana del Jazzaldia, en los que también suenan el soul, funk, pop, reggae… Revisando el programa de este año, a medida que se iban confirmando fechas y actuaciones, uno se daba cuenta que el festival tiende hacia un “world music” con un apartado amplio de Jazz, y que poco a poco deja de ser un festival de Jazz con pinceladas de otras músicas. La plaza de la Trinidad, en sus cinco jornadas, ha contado con tres días dedicados al Jazz, y el auditorio Kursaal, en sus cuatro conciertos, sólo uno de plena vocación jazzística, y otro que, con manga ancha, podríamos englobar dentro de ese amplio espectro de influencia que puede generar esta música. Ahora bien, es difícil que me hagan creer que Brian Ferry o Elvis Costello, por poner dos ejemplos, tienen algo que ver con Charlie Parker o John Coltrane., con Wayne Shorter o con John Scofield. No me considero un “inmovilista” dentro de mis “criterios musicales”, y entiendo, acepto y me gusta la influencia bidireccional del Jazz con otras músicas, pero creo que también está bien de vez en cuando llamar al pan pan y al vino vino, porque de otra forma, de seguir así, llegaremos a la conclusión de que cualquier música que se haga en el mundo va a resultar que es Jazz. Va siendo hora de comenzar con la crónica de lo visto, así que comenzamos. Martes 24 de Julio. Este año el festival añadía un día extra a sus tradicionales seis jornadas, y el lunes, con motivo de la celebración del 30º aniversario del “Peine del Viento”, el festival se iniciaba con un aperitivo antes de lo previsto. Yo llegué a San Sebastián la tarde del martes 24, y hasta las 21:30, no me acerqué por las terrazas del Kursaal a ver el ambiente que se respiraba. Mucha gente con ganas de fiesta, música ska en la playa, pero ningún concierto atractivo, así que, tras saludar a alguno de los amigos que sólo ves de año en año y dar una vuelta para “reconocer el terreno”, me dirigí al club Altxerri donde estaba programada la actuación del armonicista Olivier Ker Ourio, que actuaba junto a Manuel Rocheman (piano), Gonzalo Tejada (contrabajo) y Mathieu Chazarenc (batería) Buen concierto del cuarteto, que intercaló composiciones originales con algunos standards, y donde pude escuchar el buen hacer de Olivier, sobre el que ya me habían hablado y que no había tenido oportunidad de ver. Una jornada en definitiva relajada, para afrontar el resto de los días con suficientes energías. Miércoles 25 de Julio.
Tras salir del teatro, me acerqué a las terrazas a escuchar a Hadouk Trio. Ni la hora, ni el escenario, eran los adecuados para escuchar a estos tres músicos franceses (Didier Malherbe a los vientos, Loy Ehrlich con los teclados e instrumentos de cuerda y Steve Shehan a la percusión) juegan con la música étnica, electrónica y jazz, dando como resultado unos temas cargados de sutilezas rítmicas y tímbricas. Por desgracia el pésimo sonido del escenario Frigo hacía que muchos de esos matices se perdieran, y lo que sonaba carecía de toda dinámica. Una lástima. Simultáneamente actuaban en la carpa Heineken, y por allí me dejé caer un rato, Serge Moulinier Trio, uno de los tres grupos de la zona de Burdeos presentes que, gracias a la colaboración que desde hace años mantiene el festival con la región de la Gironda, se programan estos días. La ausencia de batería en un contexto hard-bop siempre resulta curioso, y los cinco temas que pude escucharles, dejaron muestras de su buen hacer.
Jueves 26 de Julio. Comenzaba la jornada del jueves en el auditorio del Kursaal , donde actuaba Isaac Hayes. Media entrada para ver al autor de “Shaft”, que parece no encontrarse en su mejor momento.
Miller dio un concierto a medida de sus seguidores, mezcla de funky y jazz-fusion, con el omnipresente Miles Davis orbitando alrededor del escenario (Jean-Pierre y Tutu fueron su particular homenaje al genio, con un Michael Stewart haciendo de Miles al la trompeta con sordina y un fraseo calcado). El problema es cuando el genio te devora y eso parece haberle sucedido a Miller, ya que no es normal que también adopte las mismas actitudes que él en el escenario, “dirigiendo” los solos de sus acompañantes y montando un pequeño “circo” que, si no fuera por la imitación descarada, podría resultar hasta gracioso. Miller también tocó el clarinete bajo (incluso diría que más que otras veces) y hasta nos cantó una balada. El público encantado con el concierto, que resultó movido y divertido. Hacía el comentario inicial porque tras Marcus Miller llegaba el turno de la Viena Art Orchestra (VAO). Al finalizar el primer concierto, una pequeña parte del público abandonó la plaza, pero tras los dos primeros temas, hubo casi una desbandada. Lo peor es que no saben lo que se perdieron. Presentaba la VAO, con Mathias Rüeg al frente, su proyecto “Visionaries & Dreams – Portraits of 13 Couples”, dedicado a trece personalidades europeas de distintos ámbitos (desde da Vinci o Freud, hasta Einstein o Copérnico). La VAO es una big band a medio camino entre lo contemporáneo y la tradición, y el resultado es sorprendente: composiciones modernas, voicings arriesgados, pero sonando a big band de verdad. Para cada uno de los trece temas, un solista ente los extraordinarios músicos que componen la orquesta salía al centro del escenario, para tomar las riendas del asunto, todo ello bajo la vigilancia de Rüeg, que dirigía a la banda con precisión. Al final del concierto, cuando miré hacia atrás y vi el público que quedaba, el panorama era un poco triste: el Jazz pareció no ser el plato fuerte de la noche.
Para terminar el día, me dirigí a Altxerri a escuchar al guitarrista Jean-Marie Ecay, que junto a Gonzalo Tejada (contrabajo) y Mathieu Chazarenc (batería) actuaban esa noche en el club. Llegué con el concierto ya comenzado, y con Ecay tocando standards clásicos con un excelente gusto. La segunda parte nos mostró su cara más “fusionera”, y que a mí no me llama excesivamente la atención, pero que al público presente pareció encantar. Viernes 27 de Julio. Había levantado mucha expectación la actuación de la cantante Madeleine Peyroux, y con todo el papel vendido se presentaba en el Kursaal. Lo que pude escuchar, durante el primer tema para los fotógrafos, me recordó a Tom Waits, en la forma de cantar de la Peyroux, y en el sonido recreado por la banda que la acompañaba. Según pudimos leer tras el concierto, hubo división de opiniones entre el público.
La jornada en la Trinidad era de las “bailongas”. Sin sillas para la ocasión, los bilbaínos The Cherry Boppers caldearon el ambiente para el plato fuerte de la noche, la actuación de Sly & The Family Stone. Soul y funk a partes iguales para menear el cuerpo.
Sábado 28 de Julio. Arrancaba la jornada del sábado al mediodía, con la entrega a Wayne Shorter del premio “Donostiako Jazzaldia” de este año. La carrera de Shorter está plagada de grandes momentos en la historia de esta música y a sus 74 años parece empeñado en escribir unas cuantas páginas más, para deleite de los aficionados.
A continuación hizo acto de presencia Wayne Shorter a cuarteto, junto a Danilo Pérez (piano), John Patitucci (contrabajo) y Brian Blade (batería), que en esta formación interpretaron dos temas más. Para la parte final, la reunión de ambas formaciones. Los fotógrafos accedimos breves instantes a los tres momentos, pero por lo que me comentaron tras el concierto, Shorter le ha dado una vuelta de tuerca más a esta música, la “música del futuro”, en palabras de una de las integrantes del quinteto. El doble programa de la Trinidad se había visto alterado, debido a la larga duración del concierto que iban a ofrecer Pat Metheny y Brad Mehldau. Una lástima que Bojan Z, la actuación prevista, se trasladara de escenario pero a la misma hora, ya que tenía muchas ganas de ver al pianista: otra vez será. Finalmente el concierto de Metheny y Mehldau duró dos horas y media, y me resultó un pelín largo, a pesar de desarrollarse bajo dos claves diferentes que hacían variar el pulso del concierto. Los primeros 45 minutos se presentaron a dúo, y desde el primer tema dejaron muy claro por donde iba a ir cada uno de los músicos. No me casan muy bien dos estilos tan antagónicos como el del pianista y el guitarrista, y por momentos, ese contrapunto que podría verse como un complemento, dejaba la sensación de estar presenciando dos conciertos distintos que se desarrollan simultáneamente. La aparición de Larry Grenadier (contrabajo) y Jeff Ballard (batería) para conformar el cuarteto hasta el final del concierto (excepto un paréntesis a medio camino, en el que de nuevo se quedaron ambos líderes en solitario), separó, pero ya físicamente, a ambos protagonistas, con un Mehldau aislado en un extremo del escenario, mientras que Metheny se escoraba del lado de la rítmica.
Para terminar la jornada, y mi presencia en el festival, un poco de fiesta en la playa, donde la banda Cirkus, con Burt Ford y Neneh Cherry al frente, ponían la banda sonora a la noche donostiarra. Hasta aquí lo que dio de sí, para quien esto escribe, la 42º edición del Festival de Jazz de San Sebastián. Como ya he destacado en otras ocasiones, uno de los puntos fuertes del mismo es el ambiente que rodea a toda la ciudad durante la semana, pero en los últimos años, y no se si con motivo de ese “éxito de público”, veo que el programa se aleja poco a poco de lo que uno espera de un festival de Jazz de estas dimensiones. Es posible que sea yo el que vaya contracorriente, pero no por ello puedo dejar de desear otro porvenir para esta música que tanto me gusta.
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