| 43º FESTIVAL DE JAZZ DE SAN SEBASTIÁN |
| Fernando Cerecedo Pastor | |
| 21/septiembre/2008 | |
![]() Comenzaba el festival donostiarra con una ausencia importante, y no en alguna de las actuaciones programadas (que también las hubo), sino en uno de los recintos emblemáticos de este festival, la plaza de la Trinidad que, debido a unas obras, quedaba fuera de juego. MARTES 22 JULIO Es difícil saber que esperar de un concierto del trío Keith Jarrett, Gary Peacock, Jack de Johnette, que, tras 25 años juntos, poco pueden sorprender a quienes hayan seguido su trayectoria durante este tiempo. Sabes que vas a ver un buen concierto, sin duda alguna, y quizás tengas la suerte de que aparezca esa magia especial que puede hacer que sea único, pero de no ser así, al menos disfrutarás de esa forma de hacer a trío que dan 25 años de conjunta experiencia. Jarrett, Peacock y de Johnette explotan esa experiencia de forma magistral, tejiendo su música entre encuentros y desencuentros, de una manera sutil y fluida, que confiere a su clásico repertorio su punto de picante. De esta guisa pudimos escuchar “Easy to love”, “I think about you”…en los que el trío no acabó de romper. Quizás el mejor momento de la tarde se produjo con el monkiano “Straight no Chaser”, deformado en estructura, y rozando el free en algunos instantes, con un de Johnette que si bien estuvo excelente durante toda la actuación, aquí se fue todavía un poco más allá. Tras dos bises, con recuerdo a Miles y su “Solar” incluido, el público puesto en pie despidió la faena. Feliz aniversario al trío, que 25 años no se cumplen todos los días.
Los augurios nada más entrar al teatro no eran muy halagüeños: ver una silla en el centro del escenario, delante de un micro, no hacía presagiar nada bueno. Había leído sobre sus problemas de salud de los últimos tiempos y al parecer su recuperación no es todo lo buena que cabría esperar. A la hora fijada salió la banda acompañante y tras unos minutos de introducción Winter salió al escenario con un andar cansado y dificultoso, hasta llegar a su asiento. Cuando comenzó a tocar, me di cuenta de que las previsiones más optimistas se iban al traste, pero cuando comenzó a cantar, mi decepción fue tremenda: nada de lo que recordaba de Johnny Winter, y que un buen amigo me enseñó a apreciar hace ya unos años se veía reflejado en lo que estaba escuchando: el Winter virtuoso e incendiario con la guitarra (sobretodo tocando slide) y excelente cantante no podía ser el mismo que tenía delante de mí. No resistí más de cuatro canciones, y abandoné el Victoria Eugenia con una enorme sensación de pena. La prematura salida de la actuación anterior me permitió ver el final del concierto que ofrecían Gerald Toto, Richard Bona y Lokua Kanza en el escenario de la Zurriola. Los tres músicos africanos participan de un pequeño proyecto conjunto con una grabación reciente, pero la media hora larga que pude escuchar fue de temas individuales de cada uno de los músicos más que de trabajo en común. MIÉRCOLES 23 DE JULIO
Alternó Murray entre el tenor y el clarinete bajo, y con ambos mostró su tremenda capacidad para crear, si bien yo me quedo con ese sonido que es capaz de sacar a su saxo, con un dominio de los sobreagudos realmente excepcional. El trío acompañante resultó el complemento perfecto para su discurso, con un joven Gilchrist que dará que hablar en poco tiempo, Jaribu Shahid rotundo e imaginativo al contrabajo y el apabullante Hamid Drake que parecía encontrar en cada momento la textura e intensidad adecuada a cada pasaje. Para cerrar el magnífico concierto, “Believe in love” como bis nos dejó más suaves que un guante. Enorme concierto, de esos que guardas en tu recuerdo para siempre. Me acercaba al concierto de Paolo Conte sin ninguna expectativa prefijada: no conozco más allá de dos o tres canciones sueltas y, si bien sabía que poco jazz iba a escuchar, iba con la mente abierta y sin ningún “prejuicio extremista” ante lo que el músico italiano pudiera ofrecer. El resultado fue un entretenido concierto, en el que Conte repasó su carrera y que para los incondicionales, que los había y muchos, resultó una delicia. Con Conte sentado al piano en el centro del escenario, y arropado por una excelente banda de multiinstrumentistas, los temas se fueron sucediendo bajo una estética a medio camino entre el sonido de una big band y la intimidad de un café concierto. La personal voz de Conte suena cercana, y traspasa esa barrera que en una sala como la del Kursaal puede resultar distante para un concierto de este tipo. Tras el concierto de Conte mi idea era acercarme a las terrazas del Kursaal, donde tenía la intención de ver a Frank Wess junto a la Barcelona Jazz Orchestra y al guitarrista Marc Ribot, pero ni una cosa ni la otra: tras un día extremadamente caluroso, una galerna había causado algunos desperfectos en el escenario de la playa, y ante la posibilidad de males mayores (seguía haciendo un viento considerable), todos las actividades habían sido suspendidas. Había pues, que cambiar de planes, de forma que me dirigí al teatro Victoria Eugenia para ver la actuación de Maceo Parker junto a la WDR Big Band Köln. No es Maceo uno de mis músicos preferidos, su funk me cansa, y al cuarto tema ya estoy saturado. Sin embargo, el formato y la configuración de este concierto me ha redescubierto a un Maceo que soy capaz de escuchar durante casi dos horas. La primera parte del mismo fue un homenaje a Ray Charles, en el que Parker, con sus gafas de sol caladas, nos recordó un puñado de grandes éxitos del músico de Georgia. Tras el descanso, la segunda parte se fue por los derroteros habituales de Maceo Parker, ya al saxo, pero en el que la big band le daba un aire menos pesado. El único pero fue el bajo nivel de improvisación de los músicos de la Köln, pero una cosa por la otra. En resumidas cuentas, un divertido y variado concierto. JUEVES 24 DE JULIO
Abría turno Dianne Reeves en la sala de cámara, en un concierto que resultó excelente, por su calidad vocal y su apuesta por el riesgo. Reeves posee una voz magnífica, pero además tiene el gusto de no caer en lugares comunes. Si canto una bossa, que sea “Triste”, si canto un blues, que sea el genial “One for my Baby”, y si canto un ¾ me mojo con “A child is born”; y todo ello con gusto, sentimiento, y clase: casi nada. Deparó también su concierto la sorpresa del festival, cuando, transcurridos unos 15 minutos, invitó al escenario a Bobby McFerrin, que acompañó a la cantante en una improvisación a capella inesperada para todos (incluso para la organización). Reeves además estuvo simpática, locuaz, original en la presentación de sus músicos acompañantes, y reevindicativa con su apoyo a Obama para las futuras elecciones en los USA. Para despedir un magnífico concierto, nos deleitó con “You taught my Heart to sing” para el que prescindió hasta del micrófono. Lejos del divismo, Dianne Reeves mostró sus credenciales para situarse entre las grandes del jazz vocal. Unos minutos después le tocaba el turno a Diana Krall, en el auditorio. Su concierto es de los que no deparan sorpresas, y al cabo de tres temas, sabes que no queda más pescado por vender. Krall canta de forma agradable pero no engancha ni pellizca, toca el piano lo suficiente para que se pueda acompañar y hacerse sus solos, pero no es una gran pianista, y el caso es que es un producto que se vende aceptablemente bien, quizás porque ese “easy listening” que tienen sus interpretaciones se amolda bien a este estilo de vida actual, y para un público “generalista” su música suena “cool” y con toque intelectual. Entre baladas, blues y swing discurrió un concierto sin sobresaltos, en el que Anthony Wilson (guitarra), Robert Hurst (contrabajo) y Jeff Hamilton (batería) acompañaron a Krall de forma solvente. Quizás mi problema no fue tanto lo que dio de sí la Krall, sino lo que me había hecho disfrutar la Reeves. La “espantá” que había pegado Lou Reed al festival, dejando poco margen de maniobra, había obligado a inventarse un concierto suficientemente atractivo para suplirlo. No en vano, las actuaciones gratuitas en la Zurriola son las que garantizan las espectaculares cifras de asistencia que años tras año cosecha el certamen. Parece ser que no es ni la primera ni la segunda vez que sucede esto con Lou Reed, y a mí, pobre ignorante de estos asuntos, se me hace difícil entender como se sigue, año tras año, dando cancha a que el ego de estos “artistas” crezca por encima de los límites del universo (que con razón se expande, ante semejante empuje).
Si de algo no se le puede acusar a Steve Coleman es de conservador. Otra cosa es que sus inquietudes musicales vayan más o menos con el gusto de uno, pero ahí ya entramos en otro terreno. Se presentaba el saxofonista junto a sus “Five Elements”, a los que se les unía el grupo “Opus Akoben”. El resultado fue un concierto más cercano al rap que al Jazz, y en el que el protagonismo cayó del lado de los cantantes Sub-Z y Kokayi. Mientras tanto, Coleman ejercía de director del cotarro, trabajando junto a su banda sobre intrincados arreglos que servían de base para que los Opus Akoben desarrollaran su parte. El concierto no me acabó de enganchar del todo (ahí también entra lo comentado previamente sobre los gustos musicales de cada uno), si bien es de agradecer este tipo de propuestas, poco habituales en las programaciones de los festivales. VIERNES 25 DE JULIO
Unas horas después, Jamal nos demostró que sigue en forma a sus 78 años, y junto a James Cammack (contrabajo) y James Johnson (batería) ofreció un breve pero intenso concierto. Bien es cierto que el Jamal de ahora poco se parece al de sus grabaciones de hace medio siglo, y su discurso en ocasiones se hace excesivamente entrecortado, con bruscos cambios de intensidad, quizás demasiadas aristas que no dejan reposar lo suficiente cada momento, pero su interpretación está cargada de energía y emoción. Ese manejo de intensidades es llevado por Jamal de una forma un tanto “extrema”, no tanto en el fondo como en la forma, con exagerados gestos a sus acompañantes que siguen a pies juntillas lo que en cada instante decide el pianista. Por supuesto, el concierto también dio para esos momentos especiales, como fue la interpretación de su célebre “Poinciana”, uno de los temas fundamentales en la historia del género. Genio y figura. Hay músicas a las que les sienta mal el paso del tiempo, que quizás funcionaron bien como un movimiento global en una época, pero sacadas fuera de su contexto se quedan vacías. Reconozco que el Jazz Fusion nunca me ha interesado excesivamente, pero la reunión de Return to Forever me despertaba cierta curiosidad. El escenario elegido no era el más indicado para un concierto de estas características, aunque el principal problema del mismo no fue este detalle. El concierto resultó trabado y hasta vulgar por momentos, Corea parecía un oficinista en su trabajo de 8 a 3 y Di Meola estuvo espeso y turbio toda la actuación, y con un sonido de guitarra que, desde mi posición en el auditorio, se comía literalmente al resto de la banda (y eso que mi localidad estaba en la zona media del Kursaal, pero orientada hacia la posición del guitarrista). Tras la exposición de cada tema, poco más había que contar, y los espacios para los solos se convertían en una sucesión de compases sin sentido que no llevaban a ninguna parte. El concierto tuvo más importancia por el hecho en sí, que por lo que allí se pudo escuchar. Tan solo pude escaparme unos minutos para ver la actuación del saxofonista italiano Stefano Di Battista, y fue una lástima tanto la coincidencia con otros conciertos (que no me permitió ver más allá de tres temas) como el escenario con el que le tocó lidiar (el espacio Frigo es algo así como una penitencia para músicos y público) Con su reciente grabación (“Trouble Shottin’”) bajo el brazo, y acompañado de una excelente banda, Di Battista propone un Bop sin concesiones, fresco y enérgico. La trompeta de Fabrizio Bosso, el hammond de Baptiste Trotignon y la batería de Grez Hutchinson acompañaron al saxofonista romano al que espero poder ver en condiciones muy pronto. De momento me quedo con una muy buena impresión. Anthony Braxton define su Ghost Trance Music como “...un proceso que es a la vez composición e improvisación, una forma de meditación que establece conexiones rituales y simbólicas, las cuales van más allá de los parámetros del tiempo y se convierten en una forma de ser que conecta los estados de trance de las antiguas músicas del Oeste de Africa y Persia” Algo más de 20 años lleva Braxton trabajando este proyecto bajo distintas formaciones, y para esta ocasión se presentaba en septeto en la sala de cámara. No me llama mucho este tipo de música, pero uno siempre espera que las bondades de la música en directo salven este tipo de obstáculos. Con la aparición de los músicos en el escenario, Braxton se dirigió hacia una mesita colocada en el centro sobre la que descansaba un reloj de arena que volteó y marcó el inicio de su concierto. El desarrollo de su música está basado en pequeños obligados de dos o tres instrumentos sobre el que se van sumando el resto de los miembros de la banda (también por secciones), que buscan más la superposición de capas sonoras que la improvisación melódica. Cada parte es dirigida por uno de los músicos que marca el comienzo, fin e intensidad de cada movimiento. Tras poco más de una hora, una vez consumida la arena del reloj, finalizó el concierto que, en líneas generales, me resultó bastante frío. SÁBADO 26 DE JULIO Los dos primeros espectáculos de la jornada del sábado estaban dedicados al teatro (con la figura de Jean-Louis Trintignant) y a la danza, presentando el “Duke Ellington Ballet” con la coreografía de Roland Petit y contando con la presencia de la bailarina guipuzcoana Lucía Lacarra como principal atractivo. Como novedad, éste era el día elegido para las actividades englobadas en la “noche blanca”, con actividades programadas a lo largo de toda la noche. En lo musical, comenzamos a media tarde con la actuación de la cantante Kate McGarry, que tuvo que lidiar con el solazo que pegaba a esas horas en las terrazas del Kursaal, y ofreció un concierto correcto, a medio camino entre el jazz, folk y la música brasileña. Las intervenciones del guitarrista Keith Ganz daban cumplida réplica a la bonita voz de McGarry: una entretenida actuación.
A medida que iba avanzando la noche las actuaciones comenzaban a solaparse, así que sin poder centrarse en algo concreto, fui deambulando de escenario en escenario, primero para ver el comienzo de la actuación de Iñaki Salvador, que presentaba el proyecto “Te doy una canción”, en el que se intercalaban canciones “de toda la vida” con la lectura de textos poéticos. Silvio Rodríguez, Serrat, Pablo Milanes… vistos bajo el prisma del pianista donostiarra. El cambio de tercio fue radical para ver lo que ofrecía Joseph Bowie al frente de su Defunkt Millenium Project, que resultó flojo en el aspecto musical, y al que, una vez más, el escenario elegido ayudó poco para que se convirtiera en una fiesta bailable. Más tarde, el pianista noruego Bugge Wesseltoft actuaba en solitario, uniendo jazz y electrónica a su modo particular. Quizás el problema de la música de Wesseltoft es que se hace excesivamente repetitiva, y llega un momento en el que las ideas que vas escuchando te dejan una sensación de déjà vu. La cancelación a última hora del concierto del pianista Stefano Bollani (debida a un problema en un brazo), trastocó un poco los planes de la noche, además de que tenía interés por ver al italiano en solitario. Otra vez será. Como corresponde a una noche blanca, intentamos prolongar la fiesta un poco más allá, pero el llamado “Open mike” (o micrófono abierto) que debía sustentar el programa, resultaba escaso si se pretendía englobar a distintos tipos de público, o al menos, a los que ya tenemos una cierta edad. Quizás la idea pueda resultar interesante, pero estuvo demasiado vacía de contenido y planificación. DOMINGO 27 DE JULIO
El plato fuerte del día y del festival, por lo que conlleva de repercusión mediática, era la actuación de Liza Minelli. Ante un auditorio lleno de un público entregado de antemano, Liza Minelli trasladó por unos instantes el ambiente de Broadway a San Sebastián, y arropada por una solvente big band, supo dar al público lo que quería escuchar. Muy comunicativa durante toda la actuación, un pelín histriónica en algunos momentos, la Minelli maneja el escenario con sobrada soltura, y va marcando los tiempos que su delicada salud le permite soportar. Naturalmente, como no podía ser de otra forma, sus interpretaciones de “Cabaret” y “New York New York” fueron los momentos más esperados por el público, y con los que cerró cada uno de los pases. Un “I´ll be seeing you” interpretado a capella puso fin al espectáculo. La suspensión del concierto de John Hiatt (motivos familiares han obligado al músico a cancelar su gira europea) me permitió acercarme al concierto que el trompetista Till Brönner ofrecía en las terrazas del Kursaal. Todo un fenómeno musical en Alemania, se mostró como un músico con un cuidado sonido, manejándose con soltura en la onda neo-bop. La cosa decayó un poco cuando le dio por cantar, adoptando esa pose de los crooners en la que, para mi gusto, no se desenvuelve con soltura. De su banda, destacar el trabajo del pianista Hendrik Soll y el percusionista Roland Peil, que le da un punto particular al sonido del grupo. El concierto, si bien no ofrecía nada nuevo, estuvo entretenido. No deja de ser curioso que en esta edición del festival se hayan colado tres conciertos de antiguas formaciones/músicos de Jazz fusión. El último turno correspondía a Soft Machine Legacy, y voy a aprovechar el comentario que escribí antes sobre Return to Forever para aplicárselo a éste, con el agravante de que la capacidad musical de los últimos no llega a la de los primeros, por lo que la sensación de música “demodé” llegó aquí a niveles insospechados. Un año más, el festival bate records de asistencia con más de 150.000 espectadores, a pesar de la galerna del miércoles que obligó a la suspensión de las actuaciones al aire libre del día. En lo musical, nos llevamos en el recuerdo unas cuantas excelentes actuaciones, y alguna que otra memorable, lo cual no es mal bagaje. El próximo año será la 44º edición, y espero estar allí para contároslo.
|